Bar Luis
El Luis ponía dos tapas que alternaba con rigurosidad binaria: riñones y carne con tomate, riñones y carne con tomate... aunque lo cierto es que carne en aquellos blancos y ovalados platitos se podía encontrar poca, era mas bien de un revoltillo de todo tipo de despojos de matarife: tripas, sesaillas, riñones y cualquier resto de matadero que la parienta hubiese tenido a bien comprar la semana anterior; pero como solíamos decir con honda resignación: "el tomate lo tapa todo" y es bien cierto. Aquellos días en los que la parienta no había podido cumplir con su ritual visita al matarife, el Luis nos agasajaba con su reserva de "jamón de mono".
Estaba claro que no subíamos al Luis para degustar sus delicatessen, ni por la simpatía que irradiaba el colega, pero al margen de lo exiguo de su carta de tapas, en el Luis había todo lo necesario para pasar una buena mañana de sábado: básicamente había quintos (muchos), cinco o seis mesas con sus respectivos tapetes verdes, barajas para jugar al remigio y poco más, pero por aquellos entonces eso era todo lo que necesitábamos.
En el Luis también moraba el Juanma. A sus escasos 15 años el chaval tenía ya más tablas detrás de la barra que muchos de los camareros con los que me he tropezado después durante mis años de ulteriores correrías.
Además de Juanma, el Luis y la parroquia de habituales del tugurio, en el Luis quedábamos en la mayoría de ocasiones el Danielo, el Tomás, el Manolet y un servidor. No es que fuésemos demasiados ni tampoco éramos pocos, éramos sencillamente los justos: un remigio de tres se hace aburrido, de dos es impensable y de más de cuatro... complicado, sobre todo a partir del tercer plato de mixtura con tomate.
Cuando el Luis tenia uno de aquellos días en los que le daba por ponerse simpático, se empeñaba en enseñarnos un truco que hacia desde la barra con una moneda y unos vasos de tubo. Creo recordar que la moneda acababa desapareciendo, o cambiando de vaso, no conservo nítido el recuerdo y es que el Luis siempre se esperaba a última hora, cuando la concurrencia andaba ya escasa de luces de forma que no pudiera pillarle la treta al muy cabrón.
El Luis cerró, el Juanma deambula ahora por ahí vendiendo pisos y a nosotros, pobres exiliados, no nos quedó más remedio que vagar buscando otros garitos donde cobijarnos, pero esa es otra historia y tendrá su lugar en otra ocasión. Lo cierto es que desde entonces las mañanas de los sábados no han sido lo mismo y aún ahora, cuando alguna vez tropiezo con una baraja de remigio en las manos, hay veces que me sorprendo a mí mismo mirando atrás esperando a que llegue la tapa de carne con tomate.
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