domingo, 26 de agosto de 2007

Despierto

Piso la delgada línea que separa sueño y vigilia. Es frágil y quebradiza, como de hojaldre. Noto como se desmorona, como se deshace.

Impotente asisto al despertar de mis sentidos; uno a uno se estiran y desperezan. Desaparece la niebla que los cubría, se levanta el velo.

Tomo conciencia de mi respiración, mi pulso se hace más vivo, más presente, mientras tanto mi cabeza se va llenando.

Intento tomar el control, pausar el ritmo, desechar ideas hasta hallar una que me devuelva al sueño, coger el velo con las manos y hacer que me vuelva a cubrir, pero no es posible: estoy despierto.

miércoles, 27 de junio de 2007

Espera

Siempre me ha llamado soberanamente la atención aquellas personas que son capaces de estar diez minutos en una cola (por ejemplo en una hamburguesería, o en la cola de cualquier tienda de comestibles) y cuando se presentan delante del cajero/a ponen cara de sorpresa e indecisión y sueltan un:

“Mmmm…”

o

“Pues quería…”

¿Se puede saber que cojones has estado pensando todos los minutos que has hecho de cola?, ¿Qué tipo de persona eres si entras en un establecimiento sin tener un objetivo definido?, ¿Has caído del cielo en ese momento y te has encontrado al principio de una cola en la que no te esperabas estar?.

Todo esto sale a cuenta de la fea costumbre que tenemos los españoles (y que creo que podemos hacer extensible a todos los mediterráneos) en dejarlo todo para el último momento, en hacerlo todo casi de forma improvisada. Desde luego el refrán español de “No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy” la debió proclamar un sueco, harto de esperar a que un españolito (véase mediterráneo) le solucionase un problema. Y es que nos gusta “perrear”, ¡que le vamos a hacer!.

Somos gente que no esta hecha para trabajar sino para disfrutar el momento, aunque disfrutar el momento consista en estar en una cola completamente absorto de cualquier pensamiento.

Eternidad

- No me hagas esto, por favor.
- Lo necesito.
- ¿Qué voy a hacer ahora?
- Sal por ahí, disfruta la vida, eres joven.
- Pero yo no quiero eso. Yo soy feliz aquí.
- La decisión está tomada.
- Bueno… supongo que debo alegrarme por ti.
- Debes.
- Pero es que es mucho tiempo.
- El tiempo es un suspiro.
- O una eternidad…
- Anda, dame un abrazo. Nos vemos a la vuelta.
- No…
- Venga! ¿no me vas a abrazar?
- Te echaré de menos.
- Yo a ti no – sonriendo.
- En fin, que vaya muy bien, aquí estaré a tu regreso.
Se fundieron en un abrazo. Después vio como cortaba dos pedazos de cinta aislante con la boca y le ayudó a colgar el cartel “cerrado por vacaciones, del 30 de julio al 2 de septiembre”.

Siempre hay un precio

Mi psicólogo no es argentino ni tiene consulta propia, cualquier garito vale.
Mi psicólogo no tiene agenda ni secretaria ni da cita. Las sesiones surgen sin previo aviso, siempre cuando es necesario, pero sin ningún tipo de planificación previa.

Suele ocurrir que después de una tarde de comentarios intrascendentes que acompañan a unos quintos y coincidiendo normalmente con la despedida del sol aparecen los primeros tankerais; y es que mi psicólogo no cobra en plata, mi psicólogo cobra en tankerais.

Con el segundo empiezo a vislumbrar que hoy puede haber sesión, miro de reojo el reloj: las once; demasiado tarde para dejarlo y quedar bien, demasiado pronto para poder dormir con todo lo que tengo en mi cabeza. Así que empiezo a escupir mi mierda.

Al principio son solo unos salibazos fétidos e inconsistentes vestidos de sutiles comentarios, como tanteando el terreno. Es solo el segundo tankerai, aún estamos a tiempo de tocar retirada e irnos a casa... pero no nos vamos, mi psicólogo llama la atención del camarero: "Llénanos" le dice... Hoy tenemos sesión.

Sigo escupiendo mi mierda y siguen cayendo tankerais mientras intento acompasar el ritmo de salida de inmundicias con el de entrada de alcohol.
Y así seguimos, un tanquerai tras otro, hasta que el camarero empieza a poner mala cara: la una, demasiado tarde, el garito tiene que cerrar. La sesión ha acabado por hoy.

***

Me despierto por la mañana bien jodido. Dolor de cabeza, el estómago en vilo, "¿Era necesario?" (Siempre me repito la misma puta pregunta) Y yo mismo me respondo: "Si, era necesario". Los tankerais y mi dolor de cabeza y el estómago jodido son el precio por la sesión de anoche.

Y es que, como dice la canción, siempre hay un precio.

miércoles, 17 de enero de 2007

Santa Coloma

El reloj marca las 8:20h., hora punta. La marabunta se agolpa en el andén esperando que el convoy haga acto de presencia. Santa Coloma es la segunda parada de la línea roja que nace (o muere) en el Fondo. A a pesar de ello, cuando el metro llega todos los asientos están ocupados, así que te puedes sentir afortunado si consigues un respaldo. Algunos pícaros prefieren hipotecar diez minutos y coger el metro en dirección opuesta para realizar el trayecto sentados.
Mi hermana, compañera habitual de metro en esta época, me pone al día de los pormenores del despacho donde trabaja. Bueno, del despacho no, más bien de las vidas de sus compañeros. Yo, que a esas horas no soy persona, asiento con la cabeza y, de vez en cuando, emito algún monosílabo (o gruñido encubierto) para dejarle claro que sigo la conversación.
Se oye el metro, algunos miran hacia el túnel, otros siguen con sus conversaciones, el nutrido grupo de lectores no aparta la vista de su libro. El metro avanza, juego a comprobar si es el mismo número de convoy que cogimos ayer. Afirmativo, es el 111. La muchedumbre toma posiciones. Los más avispados, como si les guiasen señales invisibles a los ojos de los demás, se sitúan justo en el punto en el que parará una puerta. El metro se detiene. Se accionan las palancas. Noto que me empujan, pero no es el habitual empujón de ansia por entrar, éste es diferente, es un reclamo. Así que me giro y me encuentro con una mujer joven, de aspecto dejado y mirada perdida que me coge del brazo y me dice algo con una voz prácticamente inaudible. La miro con una mezcla de asombro e intriga. Aún estoy tratando de asimilar su comentario cuando suena el pitido que avisa de que las puertas se van a cerrar. Mi hermana, extañada, me lanza mensajes telepáticos “¿qué haces ahí parado? ¿por qué no subes? ¡Entra!”. Doy un pequeño salto y logro entrar en el justo momento en que se cierran las puertas. La chica se queda en el andén, mirándome fijamente a través de la ventana. Arranca el metro y ambos aguantamos fijamente la mirada. Dos segundos más tarde la pierdo, pero algo me dice que continúa ahí (allí). Reflexiono, hago un esfuerzo para reconstruir la situación en mi cerebro, veo a la chica, me fijo en sus labios y escucho de nuevo el mensaje. Alucino.
- ¿Quién era esa chica? – la voz de mi hermana me hace volver al mundo real.
- ¿Qué?
- ¿Que quién era esa chica? – repite
- No sé. Es la primera vez que la veo.
- ¿Y qué te ha dicho?
- Que sigue rezando por mí.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

sábado, 6 de enero de 2007

Eroski

I

¿Cómo he podido llegar hasta aquí? Es increíble. Hace un par de semanas estaba disfrutando de las cálidas playas de Menorca tumbado a “la Bartola”; quién será esa tal Bartola que consiguió que a esta forma de “perrear” se le atribuyese su nombre. En cualquier caso, mucho mejor estaba yo vagueando por esas cálidas aguas que en este antro de mala muerte. La única coincidencia entre la Isla y este cuchitril es mi temperatura corporal, si bien, ni que decir tiene, que allí sudaba por los 40 grados centígrados que nos brindaba el astro rey, y aquí, en cambio, también discurren gotas por mi frente, pecho y sobacos, solo que estas gotas son de escarcha. Mi sudor polar se debe a que estoy sentado en una mesa con tres tipos que podrían competir por tener el aspecto más desagradable del globo. Como si lo viese, lo emitirían en cualquier canal privado, en hora de máxima audiencia. Podría titularse algo así como “Esto no es sólo genética, hay algo más” o “Lo peor en cuanto a la condición humana se refiere”, título éste, quizá demasiado extenso para retener en la memoria del prototipo de espectador de estos programas. En fin, no entraré en la descripción de estos seres, aunque sirvan una serie de características comunes a modo de ejemplo: dientes amarillos, ojos enrojecidos, cicatrices varias y, por supuesto, halitosis.
- Tu turno – me dice uno de ellos, al cuál se conoce con el apodo de “Eroski”, término que al parecer le atribuyen por su afición a “limpiar” camiones de esta cadena de supermercados. Eroski es el que lleva la voz cantante. Todo el mundo, entendiendo por mundo la fauna que frecuenta lares de este tipo, le respeta, y pobre de aquél que no lo haga. En más de una ocasión he podido escuchar la famosa historia de una reyerta que tuvo lugar en este mismo antro una noche, o madrugada, durante una partida de dados, en que un individuo, merced a las ingentes cantidades de alcohol que se congregaban en su hígado, riñones y vejiga, se pasó de la raya con él, al parecer riéndose de su apodo y haciendo comentarios que no tenían por objeto más que ridiculizar su figura. Éste, sin perder la calma, se bebía plácidamente su copa de coñac, e incluso reía las ocurrencias de aquél. Cuando se hubo marchado la gran mayoría de individuos que frecuentaban el local, Eroski se acercó al compañero, puso su brazo izquierdo por encima del hombro, como si fuesen amigos de toda la vida, y se pidió otra copa. El camarero le sirvió el coñac, mientras al amigo le iba cambiando el gesto, ya que la figura de Eroski impresiona más cuanto más cerca se le tiene, y en lo que tarda un reloj de cuco en dar las campanadas de la una, Eroski alzó la copa con su brazo libre, el derecho, se la llevo a la boca, bebiéndosela de un trago y acto seguido la estrelló contra la cuenca ocular izquierda del amigo, a lo que siguió un rodillazo en salvas sean las partes y cuando la cabeza de éste bajó debido al fuerte dolor generado por tan plácido golpe, le propinó otro que le reventó las fosas nasales. Cuentan que lo dejaron tirado en la entrada de un garaje cercano y nunca más se supo. Serán leyendas urbanas, pero el hecho de que ahora mismo se esté cascando un copazo de coñac no es que me inspire mucha confianza.
- Voy- cojo el cubilete con mi mano derecha y con la izquierda, intentando que no se note que el pulso me tiembla más que un altavoz de discoteca, voy recogiendo los cinco dados que hay esparcidos por el tapete verde. Nos lo estamos jugando todo a ases. Los otros dos ya han completado la tarjeta. Jugamos a póquer, con dos rondas. La primera libre y la segunda obligado, desde jotas para arriba. Aquí los negros y los rojos no existen, para ellos es perder el tiempo. No estoy haciendo una mala partida, por lo menos a los otros dos ya les he ganado, sin ni siquiera haber tirado a ases. Pero Eroski tampoco lo ha hecho nada mal. Le saco diez puntos, porque ha tenido un pinchazo en reyes, pero aún así no las tengo todas conmigo. Normalmente los ases se me dan bastante mal, y cuando estoy nervioso mucho más. Tengo que tratar de tranquilizarme para tirar, porque de lo contrario transmitiré mi energía negativa al cubilete, y entonces no habrá ases. Y si no hay ases...
- Tira, no tengo toda la noche – Curioso, quizá es que ha quedado con algún otro amigo para realizarle un implante de nariz. El famoso implante Eroski. Le miro a los ojos, y veo un rostro impenetrable que denota amargura por los cuatro costados. Pero trato de responderle con una mirada fría, no por impresionarle, cosa hartamente improbable, sino más bien para no parecer un ser frágil y vulnerable. Lo que no tengo muy claro es si lo estoy consiguiendo. Reúno los cinco dados, los adentro en el cubilete, lo muevo con energía, doy tres golpes en la mesa, soplo y lo dejo caer. Levanto el cubilete y “borracho”.
- Borracho – atino a decir, con la voz entrecortada. Eroski me mira como si estuviese perdiendo la paciencia, lo cuál no me extraña, porque durante esta partida ya van nueve ocasiones que sale un dado borracho, lo que supone una media de más del 33% de tiradas no válidas.
- Ya vemos que es borracho. No sé a qué estás esperando para tirar de nuevo. Te estoy diciendo que no tengo toda la noche. – a lo largo de mi corta pero no por ello poco intensa vida, he escuchado tonos mucho más cordiales que el que me está dirigiendo en estos momentos Eroski. Así que no tardo ni tres segundos en recoger los dados y volver a hacer toda la parafernalia. Movimiento enérgico, tres golpes, soplido y pum. Antes de subir el cubilete mi mente piensa en círculos rojos. Necesito ases, muchos ases, como no saque por lo menos tres estoy en la más absoluta de las miserias. Uno por tirada no me vendría nada mal. Con tres ya firmo. Venga por favor, que haya por lo menos uno. Levanto el cubilete y esto es lo que hay, dos jotas, una cú, un negro y un rey. Pocas veces se puede ver una tirada tan mala jugando a los dados. Es más, yo creo que de cada mil veces que tires cinco dados, sacarías esta jugada unas quince veces, veinticinco como mucho. Y yo soy un imán para conseguir cualquier hazaña en lo que a negativo se refiere. Seguro que tengo las mismas posibilidades de sacar esta tirada que de cantar un bingo, pero en mi vida toparé con el cartón premiado. Y en cambio aquí está la jugada. Aún así, mi gesto continúa igual, frío y calculador, como si no me afectase. Pongo cara de “tranquilos, está todo controlado” y no me lo creo ni yo. Esta vez voy a tomarme más tiempo para tirar los dados. Voy a dedicar los segundos necesarios para que mi ritual funcione. Y me da igual como se ponga Eroski. Él que tire como le venga en gana, que yo por mi parte haré lo propio. Así que mano derecha cubilete, mano izquierda recogida de dados, depositamos éstos en el interior del cilindro, lo agitamos con gran maestría, un golpe en la mesa, otro golpe en la mesa, tercer golpe en la mesa, pausa, soplido, levantamos el brazo a una altura más que prudencial, giro el cubilete en dirección a la mesa y salen los cinco dados rodando por el suelo.
- Mira chaval – me dice Eroski mientras con una de las miradas más imperativa que he visto en mi vida ordena a uno de sus compinches que recoja los dados – no te pases de listo conmigo porque no me gusta que me toreen. Así que vas a coger esos putos dados y vas a tirar bien de una puta vez. Y ni se te ocurra sacar un puto borracho ni mucho menos tirar un puto dado por el puto suelo, porque como lo hagas no vas a tirar ni una puta vez más y te vas a quedar con los putos puntos que llevas ahora mismo. ¿Te ha quedado claro?
- Puta madre – se me ocurre decir, como haciéndome el gracioso. La cuestión es que ninguno de los congregados allí tiene la capacidad para entender la parida, y, por su parte, Eroski más que una sonrisa me dedica una mirada fulminante que viene a decir “chaval, no sé cómo tienes huevos a decir eso. Suerte tienes de que no te haya arrancado un puto dedo ya”. – Voy - así que cojo los dados nuevamente y vuelta al ritual. Pico una vez, otra, otra y lanzo los dados. Levanto el cubilete con absoluta calma, y allí están, dos círculos rojos como dos soles de verano a las 12 de la mañana. Intento evitarlo pero me sale una sonrisa de esas que nunca le debes dirigir a un oponente con el que te estás jugando dinero cuando las cosas te salen bien. Pero me da tiempo a volver al gesto de serio y cabal antes de que se percate Eroski. Así que le miro, muy seguro de mí mismo y sin apartar la mirada recojo los tres dados restantes y los introduzco en el cubilete. Lo muevo enérgicamente, sosteniendo la mirada, toco una vez en la mesa, otra, una tercera vez con más fuerza, elevo el cubilete y lo vuelco con total energía. Levanto el cilindro y allí hay otro. “claro que sí, soy un campeón” pienso. Ahora Eroski si quiere ganarme tiene que hacer pleno. Tiene que sacar cinco ases. La cara de mi amigo no es del todo conciliadora. Más bien todo lo contrario. Si la tuviese que describir con un calificativo valdría cualquier sinónimo de odiosa. Mirada odiosa. – Te toca- le digo, para más INRI. Coge los dados sin decir nada, los mete en el cubilete y con un movimiento rápido como un relámpago lo agita y lo deposita encima de la mesa. Permanezco atento a la mesa. Sé que no va a sacar más de uno. Y sacando uno no me preocupo. Levanta el cachirulo y ahí están. Tres ases!!! Madre mía, y le quedan dos tiradas.
- Tres ases – dirigiéndose a mí, como si fuese lerdo “te vas a recochinear de tu vieja si es que tienes, pedazo de mandril” pienso, pero mi mirada no refleja ni miedo ni odio, por ahora. Eroski coge los dos dados que le quedan y al igual que la vez anterior los agita con una velocidad inhumana. Deposita el cubilete encima de la mesa y... otro as. Mi punto de vista empieza a distar bastante de lo que consideramos positivismo. Le queda una tirada y un solo dado. Y si a ese dado le da por vestirse de as me cruje. Y crujirme significa crujirme bien crujido.
- Cuatro ases – dice Eroski, como si lo de tirar dados fuese igual que ir a coger caracoles un domingo soleado tras un sábado tormentoso – y me queda una tirada- “y me queda una tirada, y me queda una tirada”. Por qué tengo que ser tan desgraciado. Por qué no escarmiento. Por qué siempre ando metido en este tipo de situaciones. A esta hora debería estar destrozando las pistas de baile, chuleando a las jacas más cachondas de la ciudad, bebiéndome un cubalibre, término éste que incomprensiblemente comienza a estar en desuso... e intentando llevarme al huerto a alguna treinteañera de buen ver, o quinceañera o cuarentona... no me voy a poner ahora delicado con la edad. Cualquier mujer, por poco agraciada que sea, es infinitamente mejor que el mastodonte que tengo frente a mí ahora mismo. O podría estar durmiendo, que buena falta me hace recuperar unas horitas. Dicen que el sueño no se recupera. Pues no sé quién osa negarlo, porque por lo menos yo sé cómo hacerlo. Quizá debiese ponerme en contacto con algún científico para desmentir el mito. Ya veo la portada del Muy Interesante “En busca del sueño perdido” y en páginas centrales una extensa entrevista a mi persona, en la que argumento que echándose una buena siesta, de esas con babas, y durmiendo esa misma noche unas 12 horas del tirón ya has recuperado el sueño que hayas podido perder durante toda esa semana. Todo depende de esta tirada. Como a ese dado se le antoje aparecer como as estoy perdido. Y las posibilidades no son pocas, concretamente una entre seis, ¿eso es mucho o es poco? Si fuese yo el que lanzase otro gallo cantaría, pero siendo mi oponente el que tira un 16,6 periódico es un porcentaje harto elevado. Hace un momento estaba todo controlado y en cuestión de dos minutos se ha ido todo al garete. Qué significa garete. Me gustaría saberlo. Seguro que Eroski lo sabe. Se lo voy a preguntar. Claro que igual se piensa que es una táctica para joderle la concentración, apreciación que sería del todo falsa, puesto que realmente estoy interesado en saber lo que es un garete. Uno está perdido cuando todo se le va al garete. Curioso, cuanto menos. Si salgo vivo de este antro lo primero, bueno no, lo segundo... o lo tercero o lo cuarto que haré será buscar en un diccionario tan singular vocablo.
- Ahí tienes el as que faltaba, muchacho – me he quedado empanado con lo del garete y ha aprovechado para hacer su última tirada. Otro as. Ha sacado otro as. Cinco ases. Por qué eso a mí nunca me sale y a los demás sí. Lo dicho que estoy perdido. Igual si salgo corriendo... que va, me engancharían en menos de lo que tarda Eroski en ventilarse un camión. Y no quiero ni pensar las consecuencias que ello podría suponerme. No es que sean bonitos, pero les tengo gran estima a mis diez dedos, y quisiera conservarlos – ya sabes lo que me debes- dice sin alterar el tono de voz. El mismo tono que utiliza siempre, por muy mal que esté la situación o por muy bien que le pinten las cosas, como es el caso que nos ocupa.
- Lo siento, pero me vas a tener que dar unos días para conseguirlo. Como comprenderás no soy de los que van por la calle con… – trato de parecer sereno, pero cualquiera que tenga unos mínimos conocimientos de psicología no tardaría más de dos décimas de segundo en diagnosticarme la patología del cangueli.
- Mañana lo quiero aquí. Tienes un día.
- Ya has escuchado. 26 horas. Y más vale que esté – me dice uno de sus compinches. ¡26 horas! ¿es su primer chiste o es que de verdad puede existir un ser así en el globo? Lo que yo daría por verlo en un programa concurso de conocimientos. “Buenas noches, nuestro concursante de hoy es Don Pamplinas y viene de una pedanía de las afueras. Cuando le hemos preguntado por sus hobbies nos ha comentado que no le gusta tener animales en la chabola, pero que no descarta comprarse un pez de colores con los emolumentos que gane aquí. Y vamos ya con la primera pregunta...”
- No sé si me va a dar tiempo – le digo a Eroski, obviando el comentario de Pampli.
- 24 horas – dice Eroski al tiempo que se levanta de su silla y se dirige a la barra. Supongo que lo de 24 ha sido para dejarme bastante claro que no me van a regalar esas dos horas que Pampli se ha sacado de la manga. Nada más. Ni un comentario, ninguna otra mirada. Se va como si no nos hubiésemos visto en la vida. Y ahora es cuando realmente me percato de lo estrecho, mugriento, frío, oscuro y profundo es el pozo al que acabo de saltar de cabeza.


Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

ENCÍS DE LLUNA

“Mira, un gat!” va dir assenyalant l'ombra d'un 127 mal aparcat. Vaig aixecar el cap massa tard però, malgrat tot, vaig assentir per fer-li creure que l'havia vist.

Vam continuar caminant; era una nit trista. Vaig intentar buscar l'estela de la lluna per sobra del mur discontinu de pisos que limitaven la meva visió. Feia uns dies que havia estat lluna plena i jo l'havia pogut contemplar mentre passejava per una de les amples avingudes que fugen de la ciutat. Llavors la seva presència m'havia desconcertat. La seva encisadora visió havia fet tornar a mi una sensació desconeguda durant molt temps... semblava com si en aquell instant ella li hagués donat un sentit perdut a l'esclat dels meus ulls. Però avui no havia tingut sort. El carreró era massa estret i els edificis massa alts. Avui fins i tot ella em negava la seva presència.

“Mira, un altre!” aquesta vegada si que l'havia vist. La totpoderosa llum d'un fanal el deixà al descobert. Era un gat pàl·lid, flàccid, escardalenc.

“N'hi ha per tot arreu” va dir. “Aquests animals tenen males puces. A la més mínima se't llancen als ulls”. Exagerava, com sempre.

En acomiadar-nos vaig continuar caminant. El carrer era llarg, molt llarg i jo estava sol.

/No he estat una companyia massa agradable avui. Però això tampoc no importa massa/

Una ombra em mostrà el meu error: “N'hi ha per tot arreu”. Tenia raó.

Un altre va travessar el carrer molt a prop meu, sense mostrar cap mena de temor.


/Després de tot no tenen cap motiu per mostrar-lo. Son sota la seva protecció i si mes no durant la nit, serien els amos del carrer, tal i com sempre ho han estat./


Caminava inquiet, gairebé tremolós. La incertesa començava a endinsar-se al meu interior.

Un altre va sortir sota un contenidor d'escombraries. Es movia amb gravidesa i ni tan sols va dignar-se a dirigir-me una mirada. Un de més polit miolava assegut tranquil·lament sobre una tapia de ciment. A cap d'ells no l'importava la meva presència. En aquell moment semblava com si RES no els importès. Com si RES no els pogués inquietar. Com si sabessin que algú els protegia, algú per sobre d'ells, per sobre dels homes...

/Això no te sentit/

Jo caminava, caminava, caminava. I ells sortien de sota dels cotxes, sortien de darrera els fanals, sortien de dins dels portals, sortien del damunt dels arbres, sortien, sortien, sortien...

I jo continuava caminant, però ella no hi era.

I jo la buscava: “On ets?, on ets?”

I jo continuava caminant, cada vegada més de pressa. Caminava sense saber cap a on, ni tan sols per què.

/Però això no té importància. Res no te ja importància/

Havia caigut sota el seu encís i no en podia sortir, no en volia sortir: “On ets?, on ets?”

Cridava amb tota la força de la meva ànima i els crits es fonien amb els miols i els miols enfonsaven els crits i els feien desaparèixer.

I quan tot eren miols, ella va aparèixer. I vaig voler saltar per apropar-me, però no vaig poder, sentia un pes que em lligava al terra: “Una cua!”, vaig exclamar.

/La meva cua/

Ella s'havia fet amb mi. Havia caigut sota el seu encanteri, com tots els altres, i ja no podia fer res.

Miolar, això si. Miolar com feien els altres demanant-li la fi del nostre malson.
La resta... la resta ja no importava.



“Nou de nous”
Sant Jordi 1988.
IES La Salzereda







Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

jueves, 4 de enero de 2007

Bar Granada

La verdad es que nunca he sabido muy bien por qué vamos a este bar,en mi caso quedo allí por las mañanas para tomar el cortao,lo cual equivale a llevar el día más suelto que Jose Coronado.El señor Rafael tiene la habilidad de hacer uno de los peores cafes que he probado nunca,pero se enrolla bastante más que el jefe poniendo tapas,uno de los pilares de cualquier bar para quintear,porque si tienes que depender del jefe (señor Pepe),vas listo,puedes llevar allí metido 4 horas,con sus respectivos 10-12 quintos y su tapa no pasará de unos miserables morros,que como primera opción pues no está mal,pero a medida que vas bebiendo pues se agradecería algo de variedad,pero eso parece estar reservado a los parroquianos de mayor edad,y no me refiero al Dani ni al Andrés,sino a los abuelos que pululan por alí a diario.Suerte que el Rafael,pese a su vena borde,se encarga de nosotros cuando estamos los sábados en grupillo,quiero pensar que es uno de los motivos por los que vamos,aparte de estar bastante mejor situado que el resto de "antros" de los que se ha hablado en este blog.Es pequeño,el lavabo siempre está hecho unos zorros,ponen madrid televisión por las mañanas,y muy interesante no suelen ser los partidos de los juveniles del real madrid,por cierto que tampoco los del primer equipo,pero alí estamos,escuchando las dos únicas frases que salen del señor Pepe:"qué pasa chavales" y "¿los quintos mahou?",además de una risa bastante lejana a ser contagiosa.Asi que,pese a todas las desventajas que ofrece este lugar,hay que reconocer que es un bar pitxorra puro y duro,y que se merece una entrada en toda regla,un saludo a todos los que son o alguna vez han sido parroquianos de una bar de los más auténticos de Santa Coloma.


Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Matías (viejo Matías)

“Buenos días amigo mío” es el grito de guerra con el que recibe el Matías a su selecta clientela. Como en todo, para ganarte su confianza ha hecho falta invertir en muchos quintos, partidos de fútbol, tapillas y bocatas de jamón (del sucio, como dice el Pollico).El Matías es un visionario, un broker del quinteo que se dedica a comprar bares que están casi en quiebra y reflotarlos. Cuando ha conseguido que funcione, lo traspasa y se va a por otro. ¿Y qué consigue el Matías con esto? Pues aparte de dejarse la espalda imagino que dinero.Esta crónica no se centra en el Matías actual, en el popular barrio de Singuerlín (y no San Guirlín como escribió algún cafre que vendía su piso…) sino en el anterior Matías, el que antaño fuera el bar Trébol.Aquel Matías era un bar pequeño en el que se agolpaba gran cantidad de quinteadores y chateadores de vinillos. Entre los grupúsculos que se formaban había buen rollo, y la mayoría de ellos eran conocidos de etapas anteriores, (esto tienen los quintos, que fomentan el reencuentro). Al cruzar una cortinilla de esas que se ponen en las casas de pueblo para que no entren moscas, accedías al lavabo, que también era minúsculo (creo que es una premisa necesaria para catalogar a un bar como Pitxorra) y a un pequeño almacén (bastante limpio, todo hay que decirlo).Para evitar problemas de visionado y de incompatibilidades futbolísticas, el Matías tenía dos teles que siempre estaban encendidas. Pedirle un cambio de canal era (y es) jugársela. Si lo pillas de buenas te dará el mando “ponlo tú mismo amigo mío”, pero si le pillas de malas lo más probable es que haga un comentario del estilo “¿me ves parao o qué?” lo suficientemente alto como para que lo escuche todo el bar y en un tono que busca el sonrojo. Y es que esto tiene el Matías, que el viento regula su temperamento.Las tapas del Matías son muy buenas. Cocinan (él y su mujer) prácticamente todos los días, lo que hace que siempre comas caliente. Destaca la gran variedad del “menú”. Sepia con tomate, costillas, albondigas, morros, alas de pollo, pinchos, queso, jamón, almendras saladas (siempre tiene una bandeja de lo más apetecible) y todo lo que pueda ser cocinable. Lo bueno del Matías es que, a diferencia de otros, tiene el bar acondicionado para que después del quinteo puedas improvisar un tapeo, una comida o una cena. Los bocatas son generosos y las bandejas de jamón ibérico y queso espectaculares. Y si vas a desayunar, lo más probable es que ya empalmes con la hora de quintear.El Matías es madridista empedernido, no le importa gritar improperios mientras se disputan los partidos (y cuando no se disputan…), ni discutir airosamente sobre fútbol o lo que se tercie. Es de esa clase de personas que cuando tiene razón grita, y cuando no la tiene grita aún más para amedrentar a su oponente.La ubicación actual no es muy buena, pero algo tendrá este bar cuando seguimos yendo.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

El Antibar

Uno se pone a escribir sobre este bar y la verdad es que no sabe por dónde empezar. No recuerdo el nombre que tenía por aquel entonces, pero independientemente de cuál fuese, en cuanto entramos por la puerta por primera vez, uno de nosotros (creo recordar que el Pollo) lo apodó Antibar. Y con el Anti se quedó, aunque postreramente en el cartel lucía un “Aý tú” que hubiese provocado el infarto instántaneo de cualquier miembro de la Real Academia de la Lengua Española.El Antibar estaba capitaneado por Rafa, un tío curtido, bajito, rechoncho, con voz cazayera, barba guarra de tres días y gafas siempre sucias que vestía con camiseta de tirantes de algún grupo heavy, bermudas, calcetines blancos y unas jotajayver negras. El Rafa no hablaba, gritaba (excepto a las mujeres, con las cuáles era todo un galán).Cuando cruzabas el umbral del Anti entrabas en otra dimensión. Era un bar viejo y sucio (más lo segundo que lo primero). El único local que he conocido en el que una mano de pintura obtenía el resultado totalmente inverso al esperado. Cada verano llegabas de vacaciones y te lo encontrabas pintado de un color más chillón, con las cajas de cerveza, la tele y las máquinas movidas de sitio, pero con el mismo aspecto de dejadez.Las tapillas del antibar eran excelentes cuando cocinaba su mujer, la cuál siempre lucía una dulce sonrisa. Los sábados hacía una fuente de callos que si no llegabas pronto no probabas. Algunos domingos te sorprendían con paella. Bravas, jamón, huevo duro, pan con atún, carne magra con tomate… y alitas de pollo, con un rebozado espectacular cuya fórmula compite en secretismo con la de la Coca-Cola. Y como tapa estrella, no por su sabor sino por su elaboración, “la chistorra al alcohol de quemar”. Sin duda estaba patentada por el Rafa. El tío sacaba una botella de alcohol, regaba los trozos de chistorra y le prendía fuego. Era brutal (recuerdo el día en que a uno de nosotros, no diré el nombre, bueno sí, el Herraiz, se le ocurrió apagar el fuego antes de que dejase de prender por sí mismo. Nosotros, empanaos con el fútbol, cuando nos llevamos un trozo a la boca directamente lo escupimos al grito de “cagüendios”!!!. Podéis hacer la prueba en casa degustando un trozo de chorizo mojado en alcohol de 96º).Las tapas fueron perdiendo fuelle al ritmo que hacía lo propio su relación marital, pero no es el fin de esta crónica ir por esos derroteros.Como en la mayoría de bares pitxorras, tuvimos una época dorada. En el Anti pasamos varios años de quintos, fútbol, remigios y dados. Pero sin duda, el momento álgido fue la despedida del Kuñao. El Rafa acondicionó el local para que pudiésemos iniciar la celebración allí (cena incluída) 25 personas. Creo que todos guardamos en nuestro cerebelo aquella noche (y en nuestra retina imágenes sorprendentes).La decoración del Anti se basaba principalmente en los objetos (sobre todo mecheros) que extraía de la máquina de pinzas. Un día, entre ronda y ronda, el Rafa nos confesó que por la noche bajaban la persiana y entre unos cuantos volcaban la máquina y él metía la mano por la puertecilla para sacar los premios.Cuando entrabas al lavabo te podías encontrar cualquier cosa (cuando digo cualquier cosa, realmente me refiero a cualquier cosa). Lo mejor fue cuando le dio por decorarlo con posters del Hot Video.En el Anti podías pedir seis cañas y te las ponía todas diferentes. Vasos, copas, jarras, daba igual, lo que pudiese pasar por limpio te lo encasquetaba. Eso sí, el verano que guardaba las jarras en la nevera de los helados fue el mejor, llegabas de la playa y te ponía una cerveza con escarcha… eso no tenía precio.Lo mejor de todo es que el Rafa era (es) un colega. Un tipo de éstos que camufla su sensibilidad proyectando una imagen de dureza exterior. Pero bastaba con rascar en la superficie para corroborar que bajo ese disfraz vivía un buenazo.El Rafa se levantaba los domingos a las seis de la tarde, se echaba dos litros de colonia y se repeinaba para atrás cual torero en plena faena. Era todo un personaje.Y como conclusión dos cosas. La primera dejar patente que no he hablado de la fauna allí congregada, ya que da para mucho y creo que deberíamos iniciar una nueva sección para este tema. Y la segunda, que todos los que hemos pasado por allí tenemos que dar las gracias por seguir vivos, porque no sé cómo no se nos llevó por delante la hija, cuando entraba con los patines…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Bar Área (PITXORRAS, el origen)

¡Ay qué buenos pitxorras! Así nos recibía el amigo Gregorio, un tajarina que decía vivir en San Adrian y que siempre estaba allí gritando ¡Tiempo!, cuando hacíamos acto de presencia en el Área. El Bar Frankfurt Área era un minúsculo bar ubicado en la calle Milà i Fontanals, al ladito de Can Mariné. Al margen de las pegatinas que decoraban las paredes, de Frankfurt tenía más bien poco (alguna vez compró salchichas alemanas, pero no cuajó el tema) pero de bar hay que reconocer que contaba con todo lo necesario: una barra, varios taburetes, dos mesas (siempre llenas de cajas), abueletes bebiendo chatos de vino y/o de cerveza, tajarinas criticando a los chinos que no paraban de jugar a la CIRSA y beber café con leche, una tele con el satélite piruleao emitiendo Canal Sur o el Canal de Caza y Pesca las 24 horas (a excepción del fútbol, claro), un cuchitril a modo de lavabo, quintos Mahou con tapilla (lo mejor del mundo era coincidir cuando su mujer estaba cocinando) y una manada de frikis antológicos (este apartado da para un capítulo entero). Y al frente de todo el amigo Nasta, de la dinastía de los Nasta, Anastasio él, Anastasio su padre (vaya cara de cabrón tenía el pavo y vaya platazos de gambas se jincaba a caraperro) y Anastasio su hijo (manda huevos). El Nasta era un tío que dedicaba las horas justas al negocio (20 diarias), que se preocupaba bastante por su estado físico y el de los suyos (calculo que entre él, su mujer y su retoño rondaban la tonelada) y que soñaba con tener un cortijo en su pueblo con reses bravas. El bar lo descubrió uno de nuestros mejores exploradores, el kuñao, y recuerdo que el Nasta no nos ponía muy buena cara las primeras veces, pero en cuanto vio que éramos capaces de bebernos una docena de quintos por persona en menos de una hora pasó a ostentarnos la categoría de Clientes VIP (lo cuál te daba derecho a una caña gratis si te quedabas hasta que cerrase). ¡Dentro hay sitio! Era el grito más popular del amigo Nasta. Muchas horas, muchas fiestas, muchos quintos, muchas tapillas, muchos partidos, muchos buenos momentos, muchas risas y muchos emolumentos nos hemos dejado en aquel bar.Un abrazo amigo Nasta, saluda de nuestra parte a tus reses bravas. Dentro ya no hay sitio.

martes, 2 de enero de 2007

Tasqueta J.J

Pequeño, alejado y de mal aparcar, sombrío y mal ventilado, la Tasqueta es uno de esos garitos a los que las parientas no gustan de ir y eso, en ocasiones, no está del todo mal.

¿Que por qué vamos allí?... sin lugar a dudas, por Juan el dueño de la Tasqueta. El mejor barman que yo haya conocido nunca. Siempre cordial, siempre amable. Juan recuerda tu nombre aunque haga más de seis meses que no te ve, simpático y de conversación fácil que prodiga lo justo y necesario, siempre que el curro se lo permite, pero sin llegar a hacerse pesado.

Y es que Juan tiene talento para estar detrás de la barra, un talento innato. Maneja los tiempos con facilidad, nunca se equivoca ni se atavala aunque el garito esté a rebosar. No deja nunca una ronda sin poner y mucho menos una tapa. Más bien al contrario, Juan maneja el arte del tapeo con una maestría digna de presenciar y que a mí, veterano como soy del arte de quintear, no deja de asombrarme.

En la barra de la Tasqueta SIEMPRE hay algo para picar, no falta el jamón de mono y las patatas fritas "a granel" y casi antes de poner el quinto ya está Juan con sus tapas. Las alitas de pollo son su especialidad, también gusta de ofrecer medio huevo duro con pimienta que con un quinto en la mano entra como dios. Se prodigan las tapas de morro, banderillas y más de cuando en cuando oreja de cerdo o pescaitos y si llevas los quintos suficientes, que no son pocos, hasta jamón. Pero no es su oferta de tapas lo que más llama mi atención, sino la impresionante maestría con la que Juan maneja los "tempos".

En los primeros lances, los más rápidos, cuando uno llega seco y los quintos entran bien, Juan pone la tapa antes que el quinto, para que no falte nunca. Cuando ya llevas unas rondas y el ritmo se relaja es cuando aparece la "tapa del quinto perdido", una segunda tapa que Juan pone en una ronda y que te rompe todos los esquemas. A partir de este momento tú ya no controlas el ritmo del quinteo, lo has perdido y sabes a ciencia cierta que nunca más lo vas a recuperar, estás a su merced. A partir de ese punto crítico pierdes el control, Juan tiene la baraja en la mano y reparte a su gusto. Y es que ya no existe el sagrado binomio quinto-tapa, se ha roto, a partir de ese momento tú pides un quinto para poder acabarte la "tapa del quinto perdido", y cuando acabas con la tapa, y casi con tu quinto, es cuando Juan te "encaja" otra tapa, la que en teoría corresponde al quinto que llevas en la mano y que ya te has bebido.

Con la tapa en la barra y sin líquido en el botellín, no te queda más remedio que pedir otra ronda y ya eres otra víctima más de Juan. Que repite y repite su mano hasta que no puedes más y no te queda más remedio que decir "Juan por favor, no pongas más, que se va a quedar ahí..."

Y es que está muy feo que un pitxorra renuncie a una tapa, y Juan lo sabe bien. Son de esas leyes no escritas que todos los feligreses conocemos bien, una tapa es un regalo que te hace el dueño y los regalos no se desprecian.




Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Punto de Encuentro

El Antonio es un tipo agrio, antipático; duro de carácter y duro de oído.

No sé como hemos acabado aquí, pero desde el cierre del bar Área los pitxorras deambulan sin hogar; reparten sus quedadas entre el bar Manolo, el Granada y últimamente, el Punto de encuentro.

Como bar no está mal, es mucho más amplio que el Área y está muy bien situado, es casi céntrico. Tiene el plus, fundamental para las quedadas futboleras, una buena tele y cuatro mesitas que ocupan las parientas aquellos días que consienten en acompañarnos a ver el partido. Pero todo eso apenas compensa el tener que aguantar al Antonio.

Como ya he dicho el tipo es seco, con una voz de cazalla que se entromete en mitad de las conversaciones sin previa invitación, de ideas fachosas (un poco racista, por decirlo suavemente) y por si fuera poco "merengón". Pero son sus ideas y como el mismo se encarga de recordar a la parroquia de vez en cuando, es su casa, así que si te gusta bien y si no ya sabes donde está la puerta.

El Antonio es además durillo de oído, creo que no oye bien por el lado derecho, de manera que cuando le dices alguna cosa y pasa de ti, nunca sabes si es que realmente no te ha oído o es que no te ha querido oír. De cualquier manera intento reducir la conversación a los mínimos exigibles por la transacción comercial que nos ocupa:
"Antonio, pon otra ronda" y poco más. Yo no comulgo con sus ideas y él lo sabe...

Pero no todo el personal del Punto es el Antonio, de ser así seguramente no habríamos vuelto el primer día que oímos una de sus sentencias. Pero volvemos y lo hacemos probablemente por sus tapas: rabas, patatas asadas, oreja... y los sábados cazuelitas de migas y de cocido: ¡IMPRESIONANTE!

La señora Virtudes no tiene rival en los fogones y eso compensa. El Antonio, que no es tonto, lo sabe bien y entre ronda y ronda va dejando caer en la barra los esperados platitos con regularidad. El Antonio no es simpático, pero conoce bien su oficio, eso no se le puede negar.


Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Bar Luis

El Luis ponía dos tapas que alternaba con rigurosidad binaria: riñones y carne con tomate, riñones y carne con tomate... aunque lo cierto es que carne en aquellos blancos y ovalados platitos se podía encontrar poca, era mas bien de un revoltillo de todo tipo de despojos de matarife: tripas, sesaillas, riñones y cualquier resto de matadero que la parienta hubiese tenido a bien comprar la semana anterior; pero como solíamos decir con honda resignación: "el tomate lo tapa todo" y es bien cierto. Aquellos días en los que la parienta no había podido cumplir con su ritual visita al matarife, el Luis nos agasajaba con su reserva de "jamón de mono".

Estaba claro que no subíamos al Luis para degustar sus delicatessen, ni por la simpatía que irradiaba el colega, pero al margen de lo exiguo de su carta de tapas, en el Luis había todo lo necesario para pasar una buena mañana de sábado: básicamente había quintos (muchos), cinco o seis mesas con sus respectivos tapetes verdes, barajas para jugar al remigio y poco más, pero por aquellos entonces eso era todo lo que necesitábamos.

En el Luis también moraba el Juanma. A sus escasos 15 años el chaval tenía ya más tablas detrás de la barra que muchos de los camareros con los que me he tropezado después durante mis años de ulteriores correrías.

Además de Juanma, el Luis y la parroquia de habituales del tugurio, en el Luis quedábamos en la mayoría de ocasiones el Danielo, el Tomás, el Manolet y un servidor. No es que fuésemos demasiados ni tampoco éramos pocos, éramos sencillamente los justos: un remigio de tres se hace aburrido, de dos es impensable y de más de cuatro... complicado, sobre todo a partir del tercer plato de mixtura con tomate.

Cuando el Luis tenia uno de aquellos días en los que le daba por ponerse simpático, se empeñaba en enseñarnos un truco que hacia desde la barra con una moneda y unos vasos de tubo. Creo recordar que la moneda acababa desapareciendo, o cambiando de vaso, no conservo nítido el recuerdo y es que el Luis siempre se esperaba a última hora, cuando la concurrencia andaba ya escasa de luces de forma que no pudiera pillarle la treta al muy cabrón.

El Luis cerró, el Juanma deambula ahora por ahí vendiendo pisos y a nosotros, pobres exiliados, no nos quedó más remedio que vagar buscando otros garitos donde cobijarnos, pero esa es otra historia y tendrá su lugar en otra ocasión. Lo cierto es que desde entonces las mañanas de los sábados no han sido lo mismo y aún ahora, cuando alguna vez tropiezo con una baraja de remigio en las manos, hay veces que me sorprendo a mí mismo mirando atrás esperando a que llegue la tapa de carne con tomate.




Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Muy buenas, amigo mío!!!

- “¡Muy buenas amigo mío!”

- “¡Muy buenas!”, respondo casi de forma automática, quizá por la costumbre, quizá porque la única neurona que sobrevive después de lo de anoche todavía tiene la suficiente educación como para que mi ser transmita el mensaje.

- “¿Un quintillo?”.
- “No, mejor me pones un zumito”.
- “¡Vaya! Como estamos…”, responde el camarero con sorna.
- “Si, ¡la resaca es lo que tiene!”, digo a modo de excusa cuando en realidad lo que quiero decir es:”Tendrías que estar como yo estoy ahora, no te jode…”.

La verdad es que esta situación no es nueva para mi, sobre todo porque viene siendo habitual los domingos por la mañana, después de una noche de alcohol como la de los sábados, pero parece que es francamente cierto lo que se dice de que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, en mi caso daría gracias a Dios si solo hubieran sido dos veces.

La sensación de que mi cuerpo y mi mente no funcionan acompasados, de que existe una procesión en mi cerebro en memoria de las neuronas muertas por el alcohol y donde las vivas cantan una sonata fúnebre con tambores de guerra, y que mi corazón funciona con un ritmo desacompasado, no por el amor (no estoy en condiciones de sentir ningún tipo de sentimiento) sino porque ni él tiene claro la cantidad de sangre que necesita bombear al resto del cuerpo para que este funcione con aparente normalidad, viene siendo algo que esta empezando a formar parte de mi vida cotidiana, y realmente no se si me gusta. Parece que no escarmiento, si se lo terrible que se siente uno después de una borrachera, ¿Por qué vuelvo cada fin de semana a lo mismo?. Además, parece que de nada sirve las promesas que intento grabarme en mi maltrecho cerebro cada vez que me despierto y suelto la primera palabra del día: “Dios!!!”. No se si buscando su ayuda divina o pidiéndole perdón por haberme pasado por el forro todos los pecados capitales de la Biblia y además sentirme orgulloso de ello, el caso es que siempre me repito la mítica frase del alcohólico reconocido de: “No vuelvo a beber nunca más”, iluso de mi.

Además no solo eso, sino que no se nos ocurre otra cosa mejor que hacer a mis colegas de barra y a mí que quedar de nuevo el domingo para echar el mal denominado vermú. Hasta el nombre me parece repulsivo en este mismo momento, ni siquiera soy capaz de pensar en alcohol, me dan arcadas y no creo que al camarero le guste ver encima de su barra mi cena de anoche.

Pues si, somos así, que le vamos a hacer, no tenemos remedio o simplemente somos masoquistas, el caso es que alguien, en un momento de euforia desmedida, no se le ocurrió otra cosa mejor que soltar que quedar hoy, domingo, a una hora tal como esta (por cierto, que puñetera manía tengo de ser puntual en todo) para volver a beber. De locos, desde luego…

En fin, el caso es que aquí estoy, con un vaso de zumo de naranja en la barra, un aspecto deplorable a la vista y un “resacón” de los que hacen época, y mis colegas sin venir (puntuales), además, una de las cosas que más me sorprenden de estas situaciones es la poca, por no decir nula, capacidad de recordar las doce horas inmediatamente anteriores a la hora actual, supongo, evidentemente, que por el deplorable estado en el que mis neuronas están. Puedes haber estado con la mujer más increíble del planeta, haber pasado el ridículo más espantoso o haber tenido una experiencia extracorpórea y no acordarte de ello, de verdad, la mente se venga del palizón alcohólico a la que la sometes con creces.

Los minutos pasan y aquí no se presenta ni Cristo, no me sentaría nada bien haber hecho el esfuerzo titánico de levantarme de la cama para que ninguno de mis amigos se presente, es más, si fuera así que no cuenten más conmigo para ninguna otra cita. Bueno, realmente creo que quedamos así, en tomar un vermú a esta hora, quizá este equivocado, aunque no lo creo puesto que era a una hora realmente temprana y el alcohol todavía no había afectado a mi cuerpo de forma excesivamente nociva. El caso es que no se porque pero tengo la sensación de que no se va a presentar nadie, no sé, es como aquellas extrañas sensaciones que le invaden a uno (creo que sin tener que echarle la culpa al alcohol) como cada vez que tu novia te dice: “Tenemos que hablar”. Bueno, espero 10 minutos más hasta acabarme este zumo que tengo enfrente mió, el cual además, entra en mi cuerpo a duras penas, como si mi ser repulsará cualquier tipo de liquido que entrara en él.

El caso es que los minutos pasan y ya ni el camarero me intenta dar conversación, y eso que no hay mucha gente en el bar. Es raro, pero todo en el ambiente es como si estuviera en un estado de expectación, de tensa espera, de a ver quien realiza un movimiento realmente definitivo que desencadena una serie de acontecimientos transcendentales, hay como una tensa calma, o al menos es la sensación que tengo, y la verdad es que no sé por qué. No sé pero es como si estuviera paranoico perdido, mejor me dejo de tonterías, sino vienen mis amigos pues mejor, me voy a casa, intento comer algo, que no creo que pueda, e intento que Morfeo se apiade de mi cuerpo y me haga victima de su poder reparador.

Bueno, decidido, me voy, espero que mis amigos, si se presentan, me comprendan, no estoy en condiciones ni siquiera de mantener una conversación de temas tan trascendentes para mí como el fútbol o la play, o recordar los mejores momentos de anoche cual resumen de la jornada de fútbol en Primera División. Paso, descanso que mi cuerpo me lo pide. Además, las extrañas sensaciones de mi cuerpo solo es miedo, o al menos creo que eso debe ser. Miedo a que de nuevo nos juntemos para un miserable vermú y se nos hagan las siete de la tarde y volvamos a caer completamente alcoholizados. O esa sensación entre miedo y expectación es la que despide el bar de reunión habitual, que cada vez que presiente una reunión como esta siente pena por ver como la juventud destroza su cuerpo, su mente y su lozanía en barras de bar de mala muerte. Como si el local tuviera sentimientos, o al menos más que nosotros.

- “Que te de debo por el zumo”, no sin cierta vergüenza porque como se dice en los San Fermines a los borrachos, “Para esto no haber venido”.
- “¿Ya te vas?”, me dice el camarero entre sorprendido y jocoso.
- “Sí, paso de esperar más, no va a venir nadie”
- “Pues nada, un eurillo”

Miro en mi pesado monedero cargado de monedas pequeñas fruto de la malísima costumbre que tengo de pagar los “pelotazos” siempre con billetes y no molestarme en mirar el monedero en busca de monedas, no sé si por comodidad o por evitar la mirada asqueada de la camarera cuando alguien le suelta una ristra de monedas encima de la barra. En ese mismo momento suena mi móvil, a la vez que me sorprendo por haber sido la suficientemente hábil esta mañana como para haber acertado el PIN para encenderlo. Veo en la pantalla iluminada y parpadeante el nombre de uno de mis colegas e inmediatamente me viene a mi mente una sensación de alivio porque no me cabe duda de que llama para decirme que no viene porque esta medio difunto. Descuelgo el teléfono:

- “Si”, digo mecánicamente.
- “¿Dónde te has metido?”, me contesta casi gritando
- “!Como que donde me he metido!, estoy esperando en el bar para echar el vermú”, entre sorprendido e indignado
- “Venga, no seas tan gracioso, que no esta el horno para bollos”, “Ven corriendo que te estamos esperando”
- “¿Qué me estáis esperando donde?”, digo completamente perplejo.
- “¿Cómo que donde?”, me dice gritando y con enfado. “¡Que te vengas cagando ostias para el hospital!, quedamos que por la mañana vendrías para estar con ellos.”
- “¡Pero que me estas contando, tío!”, digo sin tener ni idea de lo que realmente me está hablando.
- “¿Ya no te acuerdas de lo de anoche?”, me dice medio alucinando.
- “Pues no”
- “¿No te acuerdas de la pelea?, ¿De las ambulancias?, ¿Del hospital?”, me dice creo que entre lágrimas.
- “Tío, me estás asustando”, digo con el corazón en un puño.
- “¿No te acuerdas que nos liamos a ostias con aquellos niñatos?, que a la salida cogieron a “X” e “Y” en la puerta y les dieron una paliza con unos bates de béisbol. Vino la policía, las ambulancias y estuvimos en el hospital, están en la UCI, en coma. ¿No te acuerdas?”.

En ese mismo momento recorrió un frío sudor mi espalda, un verdadero pánico se apoderó de mí ser e hizo imposible que pudiera articular palabra alguna. No supe reaccionar, por un momento pensé que todo era una broma, que no podía ser que algo tan grave hubiera pasado y yo ni siquiera tuviera un leve recuerdo de ello, pero el estado en el que me había levantado me hacía dudar de absolutamente todo en esta vida, incluso de que realmente estuviera vivo. Fue tal el vuelco que me dio el corazón al escuchar las palabras de mi amigo que no solo la resaca se me pasó instantáneamente, sino que todos los sentidos de mi cuerpo se reiniciaron y fueron poniéndose en estado de pleno funcionamiento.

Fueron varios los segundos que tardé en reaccionar antes de poder articular palabra, me quedé inmóvil, con el teléfono en la mano y pegado a la oreja, petrificado a la vez que asustado, muy asustado. Además, por unos momentos tuve una sensación de verdadera culpa, ni siquiera había sido capaz de acordarme de semejante cosa, el alcohol había causado unos estragos en mi memoria que no creía que fuera capaz de algo tan importante.

Avergonzado solo pude decir a mi amigo: “Enseguida voy!!!”, con la voz rota y temblorosa. Fue entonces cuando de fondo, en el teléfono, empecé a escuchar unas risillas de fondo. Dudé por un momento de que esas risas que se oían fueran auténticas o era de nuevo mi cerebro que me estaba jugando una mala pasada, pero esas risas cada vez se iban haciendo más fuertes hasta sonar como una carcajada perversa. Como mis sentidos se habían reiniciado de forma increíble enseguida reaccioné, medio paralizado de nuevo solo atiné a decir una palabra, mezcla entre alivio e ira:

- “HIJOS DE PUTA!!!”
- “¡¡¡Gírate capullo!!! Estamos en la puerta del bar, ahora ya te has despertado del todo, ¿no?. Camarero, una ronda de quintos!!!
- “Enseguida”, contestó mirándome con una sonrisa en la cara.

Los miré sorprendido a todos, sobretodo a los dos amigos que creía en la UCI de un hospital debatiéndose entre la vida y la muerte.

- “¿Cómo habéis sido capaces de semejante brutalidad?”, les pregunté ante mi completa perplejidad.
- “Estabas tan muerto en la barra que era la única manera que se nos ha ocurrido para que reaccionaras y pudiéramos beber cerveza todos”, dijo el “bromista” telefónico
- “¡¡¡Esas cervezas!!!”, gritó uno de ellos.
- “Paso de alcohol para siempre, os lo juro”, confesé. “No vuelvo a pasar estos malos ratos jamás en mi vida, no compensa beber alcohol porque sí”.
- “No bebes alcohol por el placer de emborracharte, amigo mío, no es la bebida lo que te gusta, lo que realmente te gusta es el placer de la compañía, como a todos. Así que coge la cerveza y comparte este momento, porque realmente estos momentos no se vuelven a repetir jamás”, sentenció uno de ellos.“Dame ese quinto”, dije entre sonrisas de alegría y alivio

by Conde


Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Callos


Finalmente se decidió por aquel bar. Le llamó la atención la vieja madera pintada a mano que franqueaba la puerta a modo de letrero. “Bar Jiménez”, con letras de estilo gótico. Debajo, ligeramente ladeada una frase con claros tintes de orientación al cliente: “Los mejores callos de la comarca”.
Accedió al local con paso decidido. Una rápida ojeada de izquierda a derecha le sirvió para tener un enfoque panorámico y realizar un análisis de la situación. El camarero, de espaldas, se había percatado de su entrada por el reflejo en la cafetera, un gesto que demostraba llevar años desempeñando su oficio. Al final de la barra dos abueletes bebiendo un chato de vino discutían sobre los resultados de las últimas elecciones. Un par de metros a su izquierda, un hombre de mediana edad tomaba una caña de cerveza mientras ojeaba el diario deportivo. En el otro extremo, un jubilado apuraba su quinto, con rostro serio y de pocos amigos.
Decidió colocarse en el centro de la barra, en la distancia media entre los solitarios. El camarero se giró y le dio su particular bienvenida.
- Muy buenas, ¿qué va a ser? – dijo enarcando una ceja en lo que podía ser un movimiento estudiado o un tic de nacimiento.
- Póngame un quinto, por favor.
- Ahora mismo – Dio un par de pasos, sacó el botellín de la nevera, lo abrió y se lo puso delante de una forma totalmente robotizada. Cogió una bandejita metálica abrió un bote de cristal grande que contenía garbanzos y se los puso al lado del quinto.
- Gracias, muy amable.
- ¿Usted no es de por aquí, no?
- Pues no, ¿tanto se me nota?
- Hoy día no es muy habitual que te den las gracias. Y en este barrio mucho menos. – Dijo desafiando a algún cliente que se diese por aludido.
- No cuesta nada darlas. Y hoy día tampoco es muy habitual que te pongan acompañamiento con la bebida.
- Lo bueno se pierde amigo. Hace años te podías tomar un par de cervezas en cualquier bar y te ibas comido a casa. Hoy quedan pocos bares en los que te pongan tapa. Lo bueno se pierde – repitió y se giró dando por zanjada la conversación.

Apuró su cerveza y buscó con la mirada al camarero.
- ¿Ya se marcha, amigo?
- Sí, debo irme. ¿Qué le debo?
- Son setenta y cinco céntimos.
- Quédese con el cambio – dijo, dándole una moneda de euro.
- Gracias hombre. Boooooooooteeeeeeeee – gritó al tiempo que tiraba de un cordel que hacía sonar un cencerro.
- De nada. – contestó un poco perplejo por la parafernalia que había montado con la campana. - Por motivos de trabajo voy a estar por aquí unos cuantos días. Me pasaré a probar esos callos.
- No se arrepentirá, amigo mío. Los callos Jiménez son únicos en la comarca – dijo señalando al eslogan impreso en el servilletero.

* * *

Al día siguiente volvió más o menos sobre la misma hora. Esta vez había más gente en el bar, contó ocho personas, además del camarero y él.
- Muy buenas amigo, ¿le apetecen esos callos?
- Hola. Creo que va a ser mejor dejarlo para otro día, tengo el estómago algo revuelto.
- Lo mejor para el dolor de barriga es comerse un buen bocata de jamón ibérico y bajarlo con un buen vaso de vino.
- No suena mal, pero mejor póngame un quinto.
- Como quiera amigo. ¿Le apetece algo para picar?
- No, gracias.

Apuró su quinto y dejó un euro encima del mostrador, esta vez sin despedirse del camarero.
* * *

Cuando entró en el bar al día siguiente fue directo hacia el taburete que vio libre en el centro de la barra.
- Amigo mío, parece que haya visto un fantasma, ¿se encuentra bien? – dijo el camarero al verle.
- No es nada, sólo un mal día – contestó con mirada ausente. – Póngame un quinto por favor.
- Ahí tiene – el camarero le puso la cerveza acompañada de una bandeja de cacahuetes y se fue hacia el extremo opuesto de la barra. Continuó rellenando los palilleros.
Observó con detenimiento a los clientes apoyados en la barra. Algunas caras ya las conocía de los dos días anteriores, a otros los veía por primera vez, “tan diferentes y tantas cosas en común, si se percatasen de lo similares que son…”.

- ¿No le apetecen unos callos, amigo mío? – dijo el camarero que había aparecido como un espectro.
- No, no tengo hambre, pero gracias. – contestó, saliendo de su trance.
- ¿Así que un mal día? – dijo soltando el trapo en la barra y adoptando una postura de relajación.
- Sí, hay días que odio mi trabajo.
- Si yo le contase amigo mío. Más de cuarenta años llevo detrás de la barra y le aseguro que las he visto de todos los colores.
- ¿Ha pensado en escribir un libro? Seguro que tiene un montón de anécdotas interesantes que explicar. Cuarenta años dan para mucho.
- Escribir no va conmigo. La última vez que lo hice fue para felicitar las navidades a mi hermanica del pueblo. Y de eso hace una eternidad. Y con los avances de hoy día no podría.
- Hay cursillos para aprender a manejar el ordenador.
- Poco tiempo y menos ganas, amigo mío, eso es lo que tengo. Las anécdotas las explico desde aquí, a mi público que son mis clientes, y quien quiera escucharlas que venga y pague su consumición.
- Me parece una buena política – dijo sonriendo, al tiempo que se miraba el reloj. – Bueno, debo irme, mañana vendré a escuchar alguna buena anécdota. – Apuró el quinto y dejó un euro en la barra.
- Hasta luego amigo mío.


* * *

La mañana del 13 de octubre comenzó como cualquier otra. Hacía años que para levantarse a las 7:20 no le hacía falta el despertador. Su reloj biológico tenía bien aprendido el horario. Se giró hacia su mujer, que continuaba dormida y le dio un beso en la sien acompañado de un susurro de “buenos días”. Se incorporó, se puso las zapatillas y fue al cuarto de baño. Se dio una ducha de agua tibia, se puso el albornoz y se afeitó mientras escuchaba las noticias en la radio “retención de 3 kilómetros en la entrada de la Ronda de Dalt a la altura de Trinitat” lo de cada mañana ¿es que no pueden hacer algo para remediarlo? Pensó para sí mismo.
Picó con los nudillos a la puerta de la habitación contigua y gritó “Buenos días, venga arriba, hace un día precioso”. Fue hacia la cocina y comenzó a preparar el desayuno. Café con leche para su mujer, café solo él y un cola cao para su retoña (ya tiene 15 años, ¡cómo pasa el tiempo! Recuerdo el día que nació como si fuese ayer y ahora está en plena edad del pavo). Sacó una bolsa de magdalenas y una caja de galletas y las puso en el centro de la mesa. Mientras se calentaba la leche fue de nuevo a la habitación y esta vez picó a la puerta con mayor energía “venga, no seas gandula, levanta que el desayuno está en la mesa”. Al mismo tiempo su mujer aparecía por el pasillo con un albornoz y una toalla liada en la cabeza, “Buenos días mi amor”.
Desayunaron los tres viendo las noticias del telediario. Su mujer comentó que antes de ir al Mercado se pasaría por casa de su hermana a que le enseñase a acabar los flecos de la dichosa bufanda que llevaba tejiendo desde antes del verano.
Su hija comentó que ese día visitaban una exposición de pintura en un museo de la ciudad. Lo decía con un tono feliz y aquel brillo en los ojos que tanto le gustaba a su padre. Entre bromas los padres le sacaron que el motivo de la alegría era que estaba “enamorada” de su profesor de arte, el que organizaba la excursión.
Se despidieron los tres en la cocina cuando llamó al timbre la amiga de su hija. Como cada mañana se iban juntas al instituto. Dio un beso a su mujer y se marchó en dirección opuesta a la que había emprendido su hija. Anduvo dos calles y llegó al quiosco.
- Buenos días
- Muy buenas, ahí lo tienes- dijo sonriendo el quiosquero señalando con la mirada el diario deportivo. En la portada Ronaldinho con una corona de rey.
- Anda que si no es por éste ibais a hacer mucho.
- Claro, claro – dijo el quiosquero – será que el resto son cojos.
- Mira lo que les pasó a los galácticos, a ver si os sirve de ejemplo.
- Tranquilo, que me da a mí que estos tienen los pies bien puestos en el suelo.
Le pagó un euro y se marchó, “esto va por rachas, ya vendrán tiempos mejores”. Al girar la siguiente calle apareció el cartel “Bar Jiménez”. Se agachó para subir la persiana y abrió el local.

El día no estaba yendo mal, por la mañana había servido más cafés (y carajillos) que de costumbre, y a partir de las 12 comenzaban a organizarse corrillos. Su mujer se estaba retrasando y había faena por hacer, pero aún no era preocupante, podía valerse por sí mismo. A medida que servía cerveza y vino iba rellenando los palilleros, los servilleteros, limpiando la barra y reponiendo bebida en las neveras.

- Buenos días amigo mío – exclamó sorprendido al verlo aparecer
- Muy buenas… y gracias, ¡que rapidez! – dijo al ver el quinto ya abierto encima de la barra.
- Le advierto que hoy los callos están espectaculares, siempre están mejor de un día para otro, ¿quiere probarlos?
- No gracias, por ahora no.
- ¿Y qué tal, cómo le va el trabajo por aquí?
- Bien, aunque hoy ya acabo. Es mi último día.
- Vaya, ¿tan pronto?
- Sí – dijo con voz seria y mirándole a los ojos.
- Esperaba que estuviese más tiempo por aquí.
- Así son las cosas…
- Bueno, ¡qué remedio! – dijo el camarero rehuyendo la mirada – Voy a servir a ese corrillo que los tengo secos.
- Debemos irnos.
- ¿No vas a dejar que me despida de mi mujer?
- Lo siento.
- Bueno, supongo que así son las cosas – dijo fríamente, aunque con el corazón destrozado – Son muchos años en este bar, ¿sabes?, déjame al menos que ponga la última ronda.
- Bien. Hazlo.
El camarero se giró, abrió la nevera, sacó cuatro quintos y los puso encima de la barra al tiempo que retiraba los botellines vacíos. Fue a la cocina, cortó cuatro rebanadas de pan, les echó un hilo de aceite de oliva por encima y buscó el cuchillo jamonero. Cortó cuatro lonchas de jamón y las puso encima de las rebanadas de pan y sirvió el plato al lado de los cuatro quintos “Esta ronda corre de mi cuenta, buen provecho”. Se quedó varios segundos mirando al bar, con la esperanza de ver a su mujer apareciendo por la puerta.
- Debemos irnos.
- Bien, vamos – dijo con voz entrecortada - Vaya, ¡entonces es verdad eso del túnel!


by Lillo

Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.